Crecimos en una familia muy numerosa, tuvimos la suerte de criarnos en un hogar dónde nos transmitieron que ser buenos merece la pena y nos convencieron de que con esfuerzo uno puede llegar a lo que se proponga. Con toda la calma nació kikuyu, despacito, mimando cada detalle. Con la misma calma que transcurrió nuestra infancia entre el colegio y veranos interminables. Para nuestra madre todo era fácil, lo mismo hacía meriendas para ocho que diecinueve, igual te hacía una flor maravillosa para llevar al colegio que desatascaba el fregadero armada con un destornillador.

Tuvimos un hogar dónde se vivía en paz que fue nuestro refugio y paraíso. Esa calma en la que crecimos, quisimos transmitírsela a nuestros hijos y los kikuyus nos facilitaron la tarea enormemente a la hora de criarlos. Convencidas de sus beneficios, nuestros bebes apenas lloraban, carecían de estrés, no tenían cólicos y dormían placidamente ya que pasaban mucho tiempo acurrucados en nuestro regazo, ¡ellos necesitan los abrazos!

Entusiasmadas, empezamos a vender fulares que nos traíamos de Alemania pero a la hora de distribuir teníamos muchos problemas, así que decidimos dar otro paso. Queríamos fabricar seguras de lo que hacíamos, controlar que ningún componente químico fuera utilizado durante la producción, elegir con cuidado el algodón, asegurarnos que ningún niño trabajase fabricando para otro niño… ¡Nos encontramos con un montón de problemas!. Después de darle muchas vueltas decidimos fabricar en casa, entre España y Portugal.

Y aquí seguimos. Poniendo todo el mimo en lo que hacemos y luchando a brazo partido con los números, los plazos, y los problemas.

Estamos felices de poder ofrecer unos productos cuidados hasta el extremo, pensados para ellos, para su piel y utilizados por nosotras con lo que más queremos, nuestros hijos.

De todo corazón deseamos que los disfrutéis y os ayuden en esta época de vuestra vida tan maravillosa.

Gracias por vuestra confíanza.

María y Carmela